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Luis Marcos Tapia is the pastor of the Iglesia Anabautista Menonita (Anabaptist Mennonite Church) of Quito, Ecuador. In this reflection he develops a theology of missional leadership centered on discipleship. Identifying Paul’s command to “imitate me, as I imitate Christ” (1 Cor. 11:1) as a baseline for pastoral leadership, the author contends that Christianity is a communal “school” for formation as disciples. Although pastors are not called to perfection, they do have a special role in Christian communities as models of discipleship. “The world will only follow Jesus,” he concludes, “if there are persons ready to incarnate their convictions and make the kingdom of God a reality in their own lives.”


Desde hace dos años soy Pastor de la Iglesia Anabautista Menonita de Quito en Ecuador, algo insólito para una persona que fue ordenado pastor en una Iglesia Bautista en Chile hace unos 10 años. Antes de aceptar e incluso postular a esta posición, estuve preguntándome qué es y qué implica ser pastor y si hay alguna diferencia entre ser pastor anabautista y ser pastor en cualquier otra denominación. Con esta interrogante me encontré con el verso 1 del capítulo 11 de la Primera Epístola de Pablo a los Corintios: “Imítenme a mí, como yo imito a Cristo” (NVI). Aún hoy, cada vez que leo este verso, me causa una gran impresión, pues, aunque sé que el apóstol Pablo era un líder importante dentro de las primeras comunidades cristianas, el hecho de que se permita la pretensión de llamar a otros a imitarlo a él, debido a su propio estatus de imitador de Cristo, es algo que la mayoría de los pastores y pastoras actuales no tendrían la osadía de hacer. No obstante, desde el primer momento me pareció que ese llamado a la imitación es exactamente el punto clave que diferencia un/a pastor/a anabautista.

Considero que el cristianismo, como toda religión, se puede comprender en base a tres elementos: los mitos, los ritos y el ethos. Estos elementos están presentes en todas las iglesias, a pesar de que lamentablemente el mito se ve  usualmente reducido a una doctrina, los ritos se convierten en una mera instancia cúltica y el ethos se pervierte en una lista de deberes y prohibiciones. El ethos se puede definir como “el conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad”.1 Es decir, el ethos cristiano no es primeramente un conjunto de principios, leyes, normas y valores, sino que es el carácter o identidad del cristiano/a. El ethos cristiano es la vida misma de la persona y/o la comunidad, y no la verbalización sobre ella (moral) ni su reflexión teológica o filosófica (ética). Así, el cristianismo, tal como otras religiones mundiales, no sólo transmite una visión de Dios, sino que es además una manera de entender el mundo y una forma de vivir en él. Como ya se ha dicho, busca configurar una identidad personal o carácter, además de proveer una orientación vital desde los fines y objetivos últimos que proclama. Por tanto, la fe cristiana no sólo provee información, sino, sobre todo, formación. Desea que las personas se conecten con Jesús hasta el punto de conformarse a su modelo de vida y adquieran su identidad y carácter, es decir, no solo busca que las personas conozcan a Jesús sino que, desde la conexión con él, vivan como él vivió. El vivir como Jesús es un ámbito inseparable de conectarse con Jesús o, en un lenguaje más tradicional, de tener una relación con Jesús. Como dice la Primera epístola de Juan: “El que afirma que permanece en él, debe vivir como él vivió” (1 Juan 2:6 NVI).

La idea de que el cristianismo se enfoca en la formación de personas no es algo nuevo, sino que está presente desde los primeros tiempos de la Iglesia. Las primeras iglesias cristianas reemplazaron a todas las escuelas filosóficas del mundo antiguo. Las filosofías antiguas se desarrollaban en escuelas o comunidades de aprendices-discípulos/as que seguían al maestro/a-filósofo/a. La filosofía estoica, epicúrea y escéptica, desde su búsqueda constante de sabiduría, se enfocaban en ayudar al discípulo-aprendiz a alcanzar la felicidad de distintas formas. Ello desde sus propias construcciones metafísicas o desde el cuestionamiento de todas ellas. Al contrario de estas escuelas, el cristianismo fue, por su parte, una sabiduría para las personas sencillas, es decir, no buscaba una vasta formación intelectual sino que su meta era configurar la vida de las y los discípulos de acuerdo a unos pocos principios. Conocida es la antigua apreciación del médico Galeno que afirma que los cristianos, tanto hombres como mujeres, llevaban una vida filosófica. En este ámbito Galeno menciona expresamente la autodisciplina, el control en lo relativo al comer y beber, y el afán de justicia, como características de esta vida “filosófica” cristiana.

Si el cristianismo, en tanto “filosofía religiosa”, tiene como objetivo central ofrecer una formación de vida al estilo de Jesús, es la Iglesia como comunidad que encarna y vive ese ethos. De ahí que su rol formativo es imprescindible, porque nadie puede aprender a vivir de determinada manera simplemente con saber lo que tiene que hacer. Sólo se puede aprender a vivir como Jesús viviendo con Jesús, y sólo se puede vivir con Jesús viviendo con personas que siguen a Jesús. Es imposible ser como Jesús intentando copiar punto por punto lo que leemos en un texto, por más que dicho texto sea uno de los cuatro evangelios. De ahí que no baste sólo con leer la Biblia y querer seguir a Jesús desde la propia iniciativa personal. Sólo puedo aprender a ser cristiano, a ser como Jesús, aprendiendo de la vida de otros/as discípulos. El ethos cristiano sólo se aprende en la Comunidad de Fe cristiana, pues es la vida misma dentro de ella, su práctica vital comunitaria, que está inevitablemente relacionada con la historia o relato de la cual se hace parte (mito) y con la continua actuación y re-actualización de dicha historia (ritos).

Por tanto, para mí, el cristianismo ya no puede ser reducido a un mero discurso o a la entrega de cierta información, y ésta es para mí una de las características centrales que destaca el anabautismo. Ser cristiano no es sólo creer en Jesús, racional o emocionalmente, sino que se trata de seguir a Jesús. No basta escuchar muchas predicaciones, leer miles de estudios bíblicos, o memorizar un millón de versos bíblicos, pues, a la hora de aprender a vivir como el Nazareno, hay que ser necesariamente parte de una Comunidad de fe que vive como el maestro vivió. Desde ahí se puede criticar la labor discipular de la mayoría de las iglesias actuales, y, por otro lado, también es posible redescubrir el trabajo pastoral como algo mucho más allá de la predicación de la Palabra o de la mera administración de los sacramentos u ordenanzas. Lamentablemente hoy existen muchas iglesias y mucha información sobre el cristianismo, sin embargo, hay muy pocas Comunidades de discípulos/as, y, por tanto, muy poca formación cristiana. Hay muchos/as pastores/as que dicen lo que se debe hacer, pero hay muy pocos/as que efectivamente “van delante”, mostrando el camino del seguimiento. Claro está, organizar un culto o servicio religioso, dar un sermón, escribir un estudio bíblico o un breve artículo (como éste) es una tarea mucho más sencilla que ser un modelo en la configuración de las y los discípulos desde un determinado carácter o estilo de vida. Sin embargo, ahí está Pablo, quien no sólo espera ser un modelo personal a seguir -“Imítenme a mí, como yo imito a Cristo”-, sino que además espera que toda persona en el liderazgo sea asimismo un ejemplo a imitar, como se observa en sus consejos a Timoteo: “Que nadie te menosprecie por ser joven. Al contrario, que los creyentes vean en ti un ejemplo a seguir en la manera de hablar, en la conducta, y en amor, fe y pureza” (1 Timoteo 4:12 NVI). Pablo parece entender que el “trabajo pastoral” es la facilitación de un proceso de configuración personal y comunitaria en donde las y los discípulos, como parte de una Comunidad de fe, alcanzan un estilo de vida, un carácter y una identidad conforme a Jesús. En otras palabras, ser pastor o pastora no implica sólo la entrega de información, sino la formación de otros discípulos y discípulas desde el ejemplo de vida.

Al finalizar todo este proceso de reflexión me di cuenta que asumir el trabajo pastoral en una iglesia anabautista menonita es un reto mayor, no porque en otras iglesias y denominaciones no haya pastores y pastoras que imiten a Jesús, porque de hecho los hay, sino que porque personalmente creo que todas mis habilidades homiléticas y administrativas, que en otra iglesia pueden ser centrales, no son nada si mis hermanos y hermanas anabautistas no ven reflejado a Jesús en mí y se animan a seguirlo tal como yo lo sigo. Sin embargo, hay personas que me han dicho que ver así el trabajo pastoral es un error, pues es imposible imitar a Jesús a la perfección. Tener la pretensión de ser un modelo de vida es considerado como algo negativo pues, a la hora de fallar, se falla también en la representación de Jesús. En palabras sencillas, el mal testimonio no sólo deja mal a la persona o a la iglesia sino al mismo Jesús. Quizás es por eso que en las iglesias se escucha el dicho: “no pongas los ojos en los hermanos y hermanas en la fe, sólo ve a Jesús”. Sin embargo, Pablo mismo reconoce que de ningún modo es perfecto en su imitación de Cristo, pero no por eso deja de hacer el llamado a la imitación de su persona. En la Epístola a los Filipenses capítulo 3 Pablo afirma: “No es que ya lo haya conseguido todo, o que ya sea perfecto. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí. Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús” (v. 12-14). Seguir avanzando hacia la meta es seguir caminando en el seguimiento de Jesús sin poner atención en el pasado imperfecto sino en el ideal perfecto a seguir. Es obvio que Pablo no fue perfecto en su imitación a Cristo. Tampoco Timoteo lo fue, pero aun cuando Pablo está consciente de que Timoteo va a cometer errores y pecados, su demanda de ser ejemplo para la iglesia sigue en pie. No por reconozcamos nuestra imperfección y nuestra pecaminosidad como seres humanos, y como pastores y pastoras, vamos a bajar el estándar ideal o perder de vista la meta. No creo que sea perfección lo que se espera de un pastor sino convicción y honestidad. Tener la convicción de que es posible caminar en el seguimiento de Jesús desde el poder que otorga el Espíritu Santo presente en nosotros y nosotras. Tener la honestidad de reconocer cuando fallamos, cuando no imitamos a Jesús y así, desde el mismo pecado y error decir “imítenme a mí”, pero no en mis pecados y errores, sino en mi transparente confesión y en mi genuino arrepentimiento, demostrado con acciones concretas de reconciliación con Dios y con el prójimo. En esto el lugar de la comunidad de fe es muy importante, pues es necesario entender la llamada de Pablo a la imitación de su persona no desde una pretensión de un capacidad meramente individual, sino como parte de una vida comunitaria de seguimiento, donde todas las personas de la iglesia estamos llamados a seguir a Cristo siguiendo a los demás, pues el Espíritu Santo está en todos y todas. En esto estoy seguro que Pablo también tenía ejemplos de cristianos y cristianas que, con su propia vida, lo llamaban a él un mejor seguimiento.

En conclusión, si el cristianismo no es una idea abstracta o una mera doctrina, tampoco el trabajo pastoral debe enfocarse en la sola entrega de información o en la mera performance de ritos, sacramentos u ordenanzas. Ser cristiano es vivir un ethos específico desde el seguimiento de una persona concreta, Jesús, que al no estar ya en medio de nosotros sólo es posible seguir desde la imitación de sus discípulos y discípulas reunidos en la Comunidad de aprendices del maestro, la iglesia. Así, reconocerse como pastor o pastora anabautista menonita es también asumir la valentía de llamar al seguimiento, la convicción de vivir el ethos cristiano y la osadía de ser ejemplos, incluso con la honestidad de nuestros propios pecados. El mundo sólo seguirá a Jesús si hay personas que todavía están dispuestas a encarnar sus convicciones y hacer realidad el Reino de Dios con su propia vida; pues, como dice el dicho, verba docent, exempla trahunt, las palabras enseñan, los ejemplos arrastran.

1) Diccionario de la Real Academia Española – http://dle.rae.es/?id=H3xAc5s.